Santos: una política de exterminio

Santos: una política de exterminio

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Por La Azagaya de Arquino

En nuestras sociedades la idea de la paz es justamente eso, una idea. A veces se parece a un árbol que desea surcar los cielos. Puede que logre volar, pero nunca se imaginaría que para hacerlo debe pagar un precio muy alto ante la fuerza destructiva del huracán. Algo similar sucede con el proceso de paz en Colombia. El gobierno de Juan Manuel Santos, inspirado justamente en los pasos que dio Hugo Chávez Frías para llegar al poder y quedarse en él para siempre, vio a un pueblo vulnerable.

El discurso de Santos es un discurso infame como los que suelen manifestarse en las ideologías ascéticas y fanáticas de las religiones. Con el tema de la paz se ha abierto una puerta para el exterminio y el dominio del pueblo colombiano. El gobierno de Santos será recordado como un retroceso político en nuestra historia. Las FARC y sus campos alucinógenos han hecho del país un territorio para la vergüenza. El terrorismo de Estado es la política de Santos. Su máscara de la paz esconde un rostro momificado.

La paz, sin justicia, es una quimera, o lo que es lo mismo, una peligrosa pretensión de cercenar la justicia que reclaman quienes fueron secuestrados en su dignidad como seres humanos. La piedad y el perdón, en este caso, son sentimientos cuyos conceptos han pretendido venderlos como necesarios para que los colombianos se hundan en el lodo del olvido; y carguen con una vergüenza tan pesada que podría verse como un síntoma enfermizo que brotaría sobre la espalda deforme de las generaciones venideras.

En estas circunstancias, la piedad y el perdón son sentimientos tóxicos. La piedad y el perdón son accesorios, conceptos tan bondadosos como las toneladas de una paz muy blanca y polvorosa que Santrich negociaba. Ante la piedad y el perdón, primero la justicia.

Legitimar el exterminio en Colombia parece ser la pretensión de Santos y sus adictos (la palabra “adictos” es exacta en este caso). El gabinete de la paz es el gabinete de la muerte y la destrucción de la democracia. Las nubes del totalitarismo están ocultando los últimos resquicios del sol en Colombia. Gustavo Petro, por ejemplo, es uno de los demagogos mejor preparados para llevar a cabo la fragmentación del país. Con Petro cada colombiano llevaría tatuado en su frente las palabras hambre, injusticia y terror.

La política colombiana se ha agotado en sí misma, requiere cambios inmediatos y concretos a partir de los cuales el país deje de ser una hacienda gobernada por esbirros y se convierta en una nación modelo en Latinoamérica y el mundo. En mayo cada colombiano tiene que decidir entre un sistema que vaya en contra de la existencia o uno que vaya a favor de la vida y la dignidad de cada ciudadano colombiano. No olvidemos que son tiempos de emprender una cruzada a favor de la vida.

 

 

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