Paz FARC/Santos tampoco llegó al Catatumbo

Paz FARC/Santos tampoco llegó al Catatumbo

- in Azagaya Política
1106
@Administrador

Por Mario Javier Pacheco

Dijo Kant en La paz perpetua, que: “No debe considerarse válido un tratado de paz ajustado con la reserva mental de motivos capaces de provocar en el porvenir otra guerra” (p. 1) y el Papa Juan Pablo II advirtió “No hay verdadera paz si no viene acompañada de equidad, verdad, justicia, y solidaridad” (Europapress, 2014)

El 16 de septiembre de 2016 se firmó el acuerdo de paz, que 15 días después fue rechazado por el pueblo en el plebiscito, y que Santos, desconociendo la voluntad popular, hizo que el congreso lo refrendara el 29 y 30 de noviembre del mismo año.

En el Catatumbo, aquel acuerdo de paz es un referente lejano entre el fragor de las balas. La selva se descuajó para llenarse de coca y los hombres de las FARC con brazalete de disidentes, siguen disputándose el territorio con el ELN, el EPL, las águilas negras y el Cartel de Sinaloa, que apareció matando líderes sociales. La pugna por el territorio recrudeció desde la muerte de Megateo, que mantenía un rudo control de los espacios, milimetrados a cada grupo.

En 2004, cuando se creó Funeducar, ninguno de los 11 municipios de la Provincia de Ocaña, en el Catatumbo, podía ofrecer futuro a sus jóvenes campesinos; ni oportunidades, ni igualdad constitucional. (C.N. Art. 13) En Hacarí, Teorama o Convención, quedaba el raspado de coca o alistarse a la guerrilla. Los raspachines tenían plata y moto desde los 14 o 15 años.

Mantenerlos en las escuelas del monte, donde manda más el pelao guerrillero que el maestro, era casi imposible, sobre todo porque sus hambres, el currículo ladrilludo y el abuso de quienes lo rodeaban, se esfumaban con solo decir sí al camuflado y al fusil. El respeto florecía de inmediato. Ni el maestro lo volvía a regañar, ni el tendero a reclamarle el fiado.

Los recursos para vías, puestos de salud, electrificación y escuelas rurales, muy inferiores a los del mundo más allá del cerro, no solo eran insuficientes, sino que se quedaban en el bolsillo de gamonales, alcaldes y contratistas. El entorno no requiere, para ser descrito, más bibliografía que la cotidianidad, porque ella derrumba hasta la filosofía del hambre, en cuanto los intentos de educación chocan con la inutilidad de ésta.

El desarraigo es un sino del entorno sucio, pobre y sin esperanzas. Amarlo, y a la patria, es un exabrupto. ¿Cómo amar lo que no se conoce? ¿Cómo aplicar derechos humanos donde “el vivo vive del bobo” y el abuso de género e infancia y el machismo son naturales y legítimos? El Estado es solo el proveedor de tiza y no hace presencia con su pensamiento. Su vacío lo suplen ideologías ajenas.

El sectarismo social y la brecha entre la educación para ricos y para pobres (Trujillo, p. 5) tienen en el Catatumbo su paradigma, y en este paisaje, la Fundación para el Desarrollo de la Educación Regional, Funeducar, intentó, por compromiso moral, una acción de cambio de las realidades del aula desde el aula. Contrainstitucionalmente, porque el Ministerio de Educación rechazó la iniciativa, que estorbaba a su viejo cuerpo curricular, creó la Cátedra local de la paz, que en cuatro años llegó a 132 municipios de 6 departamentos. Once años después, Santos emitió un decreto para que se enseñara la cátedra de la paz.

El fin pedagógico de Funeducar, fue mezclar el saber local con el de los derechos humanos, desde la convivencia y desde el entorno e investigar la respuesta a varias preguntas: ¿Cómo fusionar la violencia y el desprestigio escolar con un proyecto de paz y educación? ¿Cómo contradecir a Tolstoi y su sentencia de que “La paz universal no traerá el equilibrio político” (p. 10). Cuánta razón la de Rousseau, cuando sentenció que “Ceder a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad.; cuando más, puede ser de prudencia. (p. 8)

Los habitantes del Catatumbo nos resignamos a ceder a la fuerza de la subversión, ante la ausencia de la fuerza del Estado, y comprendimos que la paz no es el bien supremo si no se hermana con valores, como dijo el Papa, porque si bien es cierto que sin paz no hay equidad social, ni estabilidad económica, no es menos cierto que con paz se puede vivir en el averno. Los campos de concentración y los países totalitarios lo demostraron.

No nos interesa la paz de Santos, que en nuestra tierra ha resultado un fiasco, sino un Estado fuerte, que atienda las necesidades del Catatumbo y que ejerza su autoridad, civil y militar, para que se establezca una paz real.

El Presidente Iván Duque es la esperanza del Catatumbo.

 

Mario Javier Pacheco

 

Deja un comentario

Check Also

Petro, cadáver político insepulto

  Petro, cadáver político insepulto Por Mario Javier