Santos está loco y se baña en sangre de soldados

Santos está loco y se baña en sangre de soldados

“La veneración de Santos lo llevó a dar la orden de no disparar contra las FARC.”

Cuando en agosto de 2013, después de cuatro muertos y de las carreteras bloqueadas, Santos, como si viviera en otro planeta, aparece en televisión para sorprender al país, diciendo que “el tal paro nacional agrario no existe”, estaba asomando la punta del iceberg de su desequilibrio, y el episodio, que para caricaturistas como Vladdo, fue motivo de burla, para otros fue la advertencia de que algo andaba mal en la cabeza del mandatario. Un mal cobijado bajo el inmenso poder presidencial, que en el pasado permitió a personajes como Claudio, Hitler, Vlad, o Castro, sumir a sus pueblos en mares de sangre, en medio de las alabanzas de sus áulicos.

Los soldados pidieron auxilio aéreo, pero no lo merecieron, porque iría en contravía del acuerdo de “paz”, un fetiche que santos construyó en su cerebro enfermo, un papel revestido de magia alucinante, que supuestamente convertirá a Colombia en un país idílico y pacífico, pero para que tenga tal poder, deberá perfeccionarse con la rúbrica de Iván Márquez, Timochenko y Santrich, y bendecido por Iván Cepeda, Petro y Piedad Córdoba.

La veneración fetichista de Santos, lo llevó a dar la orden de no disparar contra las FARC, un contrasentido con lógica demencial, inédito en la historia de todas las guerras, que los militares del Cauca fueron obligados a cumplir y por eso los masacraron. Atacar por aire a las FARC, e impedir la matanza, afrentaría al fetiche, y los soldados pagaron con su vida la falta de cordura de su comandante supremo.

Desde que para Santos, el acuerdo de “paz” es principio y fin de los bienes y males de Colombia, no solo se olvidó de gobernar, y comprender que el país también es salud, educación, empleo, y vivienda, sino que justifica los crímenes de las FARC con la casuística de la falta de la firma en el acuerdo. Extorsión moral para intimidar a los colombianos y convertirnos a sus contradictores en “enemigos de la paz”

Su reacción en twitter llegó con la lógica de su naturaleza neurótica: “Lamento muerte de soldados en Cauca. Esta es precisamente la guerra que queremos terminar”. Siempre advirtiendo que será su fetiche el que termine con la  guerra. Él está demente, y tiene en el submundo de la inconsciencia sus propias realidades, pero, ¿y el resto de los colombianos?

Por la falta de firma del acuerdo, los soldados no recibieron ayuda y murieron. Es inconcebible verlo en los cuarteles, junto a generales acobardados y apegados a su salario de quince millones, diciendo a las tropas, que estén tranquilos, que recibirán el mismo trato de los guerrilleros y que no disparen al enemigo. Que todo es por la “paz”.  Más inconcebible es constatar que algunos salen babeando, con la bandera de la falsa paz en sus labios, mientras ven entraparse de sangre los ojos de sus compañeros.

La personalidad psiquiátrica del presidente presenta todo un historial de síntomas, delatados por su manera de gobernar y de traicionar amigos y aliados, para aliarse con los más feroces enemigos de Colombia. A él le importa un comino derrumbar la institucionalidad, pasar por encima de la ley, pisotear la justicia, encarcelar a sus opositores valiéndose de falsos testigos y hacer del bunker de la Fiscalía, su presidio personal.

Freud sostiene que la neurosis es inseparable de la idea de que la enfermedad se desencadena y se mantiene, en virtud de la satisfacción que aporta al enfermo, (Laplanche) y que lo lleva a la Compulsión de la repetición, en este caso del concepto distorsionado de la “paz”, con todas sus aristas de incoherencia, y coreada  por un montón de santistas enriquecidos en virtud de su locura (periodistas y políticos) y por los extremistas y seguidores de las FARC.

El neurótico obsesivo es inteligente, y su manipulación sorprende a quienes le tratan, Uribe fue el primer desconcertado y Vargas Lleras el último. También están desconcertados los militares, sus víctimas, a quienes no ha permitido reaccionar, y cuando lo hagan será ad portas de morir, como los muertos del Cauca. Obviamente también están desconcertados los criminales de las FARC, que de la noche a la  mañana aparecen justificados por un Fiscal y un presidente que hacen periplo, con sus crímenes a cuestas, por las cortes internacionales, para que no vayan a recriminarlos cuando les concedan impunidad absoluta.

Santos utilizó el enorme poder que le da la presidencia, para que Obama y la cumbre de Panamá lo apoyaran, y ahora exigió al embajador de la Santa Sede traer al Papa, para tratar de usarlo y manosearlo, dando un contundente golpe publicitario a su adefesio. Esta nación es católica, y admira al Santo padre, le creerán cuando perifonee en favor de las FARC como ya lo hace el sátrapa cardenal Rubén Salazar, quien tiene puestas, desde hace rato, las pantaneras de la guerrilla.

Todo se tapa, todo se asolapa, todo se justifica con la semiótica utilizada como instrumento de guerra, con vocablos nuevos que reemplazan los tradicionales: adopción para reclutamiento de menores, impuesto para extorsión, alcabala para  narcotráfico, retención para secuestro, dejación de armas para entrega de armas, combatiente para terrorista.

Las FARC no quieren la paz, porque viven del narcotráfico y la guerra, pero aprovechan la enfermedad del presidente y la abulia de los colombianos, para hacer exigencias inverosímiles, y para erguirse como defensores del pueblo y símbolos de la ética y la transparencia. Santos cede a todo, les ofrece el país, casi en medio de la reticencia de los cabecillas, atónitos con tanta maravilla. Saben que se les dará todo lo que exijan, y no tienen prisa. En dos años, aprobaron tres puntos de los cinco de la agenda.

El giro a la izquierda es evidente, para acercarnos a los viejos nuevos modelos, de Castro y Chávez, bajo la égida de los musulmanes de Irán, Irak y Libia, en dirección al socialismo siglo XXI.

Los once militares muertos del Cauca deben alertarnos, pero este crimen no sorprende a nadie, antes se estaban demorando las FARC, en degustar el papayazo de Santos. Lo que da rabia es el engaño presidencial. Hace unos meses, ordenaba a la tropa, capturar o dar de baja a los cabecillas de las FARC, pero a sus espaldas les propiciaba y protegía su salida del país, para que se reunieran en la Habana con los negociadores y se emborracharan en La bodeguita del medio.

Pese a todo, el acuerdo se firmará, la tropa seguirá muriendo, sin poder defenderse, aunque Santos les autorice disparar, porque los soldados saben que cada guerrillero muerto es un auto cabeza de proceso, que les costará el trabajo o la libertad. Estamos gobernados por un enfermo mental, y la mitad de Colombia parece no darse por enterada.

@mariojpachecog

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